miércoles, 17 de agosto de 2011

Vivimos como nos movemos

Nos movemos de incontables formas: en diferentes intensidades, dinámicas, direcciones, velocidades y con distintos fines. Hay todo tipo de movimientos: grandes, internos, evidentes o invisibles. Hay movimientos de digestión, de ojos; movimientos bellos, gestuales, rítmicos, únicos, elegantes, torpes, fuertes, espontáneos, ligeros, alegres, ruidosos, amorosos, pesados o silenciosos. Existen los movimientos de la respiración que varían según la actividad y que acompañan todas nuestras acciones. Hay movimiento cuando uno canta, llora, piensa, calcula, duerme, se despierta, nace e incluso cuando uno muere. En pocas palabras: el movimiento está omnipresente en nuestra vida. Donde no hay movimiento no hay vida.
Como un gran director de orquesta, el sistema nervioso organiza constantemente los movimientos. Así como las notas de una obra musical comienzan a tener sentido cuando el compositor las agrupa según cierto orden, nuestro sistema corporal lo consigue con nuestros movimientos a través de patrones funcionales.







La Punta del Iceberg

Cada patrón se aprende con un fin específico y como resultado de un proceso de aprendizaje. Su forma y eficacia dependen tanto de este proceso como de la estructura de la persona, las influencias familiares, sociales, culturales, emocionales... Y aunque existan similitudes y bases orgánicas comunes, el modo de moverse de una persona al realizar determinada función es tan característico como su huella digital. Es posible reconocer a alguien a mucha distancia solo por su forma de caminar.
Cada movimiento visible viene a ser la punta del iceberg de un proceso neurológico sumamente complejo. Al principio de este proceso hay un impulso, una intención. Por eso existe un fin o una función determinado en el movimiento.
La mayoría de personas se mueven de manera más o menos satisfactoria hasta que comienzan a sentir molestias o dolores por un mal uso del cuerpo. Normalmente supone el primer paso de un camino en busca de solución, a menudo frustrante y costoso, que comporta tanto alivio temporal como recaídas. Podemos creer entonces que nuestro destino es vivir así y nos resignamos, con lo que renunciamos a la posibilidad de vivir con más vitalidad. O simplemente atribuimos la buena calidad del movimiento de otras personas a su juventud, sus genes o su buena estrella.


Sin embargo, la forma de moverse de una persona no es inamovible. El sistema nervioso puede reconfigurar nuestros patrones en cualquier momento, al margen de la edad o el estado de salud. Uno de los aspectos más considerados en los últimos años por la ciencia ha sido justamente la plasticidad del sistema nervioso, capaz de muchos más cambios de lo que se creía hasta hace poco. Numerosas técnicas psicocorporales se crearon buscando soluciones a problemas concretos de salud. Así sucedió también con el método Feldenkrais.
Moshe Feldenkrais (1904-1984) se había doctorado en ingeniería mecánica y física en la Sorbona. En 1933 fue el primer europeo en obtener el cinturón negro de judo y también fundó el primer club de judo en Francia, a sugerencia del creador de ese arte marcial, Jigoro Kano.
Pero un día padeció una grave lesión de rodilla jugando a fútbol y los médicos no le pudieron garantizar la plena recuperación. A partir de ese momento comenzó a intentar curarse él mismo. Su espíritu científico y su formación en artes marciales orientaron sus investigaciones hacia el movimiento más armónico y eficaz. Hacia 1960 decidió hacer público su método y organizó estancias de «Autoconciencia a través del movimiento» en pequeños grupos. El método Feldenkrais ofrece la oportunidad de explorar por uno mismo los propios movimientos y descubrir nuevas posibilidades. Las secuencias de movimientos –existen miles– se realizan con suavidad y principalmente en el suelo. Se trata de giros, desplazamientos, pequeños gestos de coordinación, que tienen algo de inesperado y varían la pauta de movimientos interiorizada a nivel cerebral. Cada persona aprende a juzgar lo que es adecuado y cómodo para ella. 




Moverse desde el Centro

Los ejercicios, tanto si son exquisitamente lentos como intensos, se realizan sin tensión ni esfuerzo. A menudo no hay un objetivo real que alcanzar, pues eso puede generar crispaciones interiores. La intención puede ser simplemente tomar conciencia de «cómo» se hace. En palabras de Moshe Feldenkrais: «La fatiga y el esfuerzo no aportan nada a la calidad de la ejecución del movimiento». En contraste con la gimnasia repetitiva y mecánica, el método Feldenkrais se enfoca más al sistema nervioso que a los músculos. 
A partir de movimentos simples, ayuda a las personas a tomar conciencia de sus potencialidades para experimentar lo que significa la libertad de un cuerpo feliz de moverse y de sentirse con libertad de elección en cada situación de la vida. Percibimos las zonas más activas del cuerpo, mientras las partes mudas suelen ser las que generan molestias. Según Feldenkrais, tendemos a ser conscientes de las partes superiores y anteriores y menos de las inferiores y posteriores. 
El objetivo es que la persona amplíe la percepción a todo el cuerpo, a las articulaciones, a la estructura esquelética y también al estado mental, a los sentimientos y emociones. La pelvis debe poder moverse en todas direcciones alrededor del centro de gravedad del cuerpo, como una esfera alrededor de su centro. De ahí surge el impulso que sigue el conjunto del tronco y la cabeza. Para Feldenkrais, es correcta cualquier postura o acción en la que el esqueleto anula el efecto de la gravedad. Y aunque los músculos nos «perdonan» nuestros errores posturales, de hecho deberían cumplir lo menos posible la función de sostén a fin de estar libres para la acción. 

Una reeducación cerebral

La gran aportación de Feldenkrais es haber establecido las correlaciones entre las formas de aprendizaje y el funcionamiento del sistema nervioso. El córtex motor incluye conexiones y células nerviosas directamente relacionadas con músculos que producen movimientos específicos. Si los patrones de movimiento no cambian nunca, estas regiones del cerebro permanecen ancladas en esquemas fijos. Pero la activación sensorial, a través de la utilización consciente del sistema muscular, desarrolla las capacidades de aprendizaje del cerebro.
Las posturas del método Feldenkrais suelen ser insólitas a fin de cambiar el esquema habitual. Para liberar al sistema nervioso de sus lastres y explorar nuevas posibilidades hace falta tiempo. 
En general, un solo concepto importante por sesión puede bastar. En los ejercicios individuales, las  intervenciones del experto tienen como objetivo proporcionar al individuo una mayor eficacia gestual y ahorrarle tensiones y movimientos innecesarios. 
Tomar conciencia de la rigidez, de la falta de libertad en el movimiento y reencontrar posibilidades que acaso se perdieron en la infancia es uno de los objetivos. Cuando el aprendizaje está bien integrado, se puede mejorar progresivamente y aplicar sus hallazgos a numerosas esferas vitales. (Articulo escrito originalmente por Philipp A. Unseld y Cuerpomente)

2 comentarios:

  1. Muy interesante. Las posibilidades del sistema nervioso son infinitas. Tenemos que recuperar la plasticidad neuronal de cuando eramos niños y generar un nuevo aprendizaje de nuestros movimientos. Gracias por la publicación de este artículo.

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